El año que conseguí demasiado -poco-

Durante unos cuantos años trabajé en una organización que tenía una forma bastante sencilla de evaluar los proyectos: se establecía un objetivo numérico, se asignaban unos recursos y, al terminar el año, se comprobaba si lo habíamos conseguido.

Solo había dos resultados posibles: habías alcanzado el objetivo o no lo habías alcanzado.

Lo curioso es que ambos llevaban exactamente a la misma conclusión. Si no lo conseguías, tenías que esforzarte más. Y si lo conseguías, significaba que podías hacer más, así que al año siguiente se subía el objetivo.


Era un sistema bastante ingenioso, ahora que lo pienso. No había manera de ganar.

Yo era responsable de uno de aquellos proyectos y, año tras año, conseguíamos superar las cifras previstas. Pero nuestros buenos resultados, en lugar de traducirse en más apoyo o mejores condiciones, se convirtieron en el argumento perfecto para pedirnos todavía más.

Empezaron a reducir los recursos. Primero un poco. Después otro poco. Y cada año, un poco más.

La cuestión parecía ser hasta dónde podíamos llegar con cada vez menos. Y yo, que por entonces tenía una relación bastante estrecha con mi orgullo, decidí tomármelo como un reto personal.

«Por mí que no quede».

No sé cuántas veces me repetí aquella frase. Probablemente tantas como veces me convencí de que, si me organizaba mejor, trabajaba un poco más o encontraba otra manera de hacer las cosas, volvería a conseguirlo.

Y lo peor es que lo conseguía.

Cada «éxito» reforzaba mi convencimiento de que estaba haciendo lo correcto. No veía que, cuanto más demostraba que podía conseguirlo todo, menos motivos daba para que alguien se preguntara a qué precio lo estaba haciendo.

El último año, los recursos destinados al proyecto eran prácticamente inexistentes. Todo dependía del esfuerzo personal, de las horas que no se contaban, de la energía que sacaba de donde ya apenas quedaba y de esa absurda satisfacción que me producía pensar que, una vez más, iba a demostrar que podían ponerme las cosas todo lo difíciles que quisieran, que conmigo no iban a poder.

Y, efectivamente, aquel año superé los objetivos. Por mucho. Con unos recursos que, sobre el papel, eran prácticamente cero.

Recuerdo la sensación de haber ganado. No tanto por el resultado del proyecto, sino porque, en mi cabeza, acababa de darle una lección a mi jefa.

Durante mucho tiempo pensé que el problema había sido únicamente la exigencia de una organización que nunca tenía suficiente. Y desde luego había un problema ahí. Pero tardé bastante más en darme cuenta de que yo también estaba contribuyendo a mantener aquella dinámica.

Porque nadie necesitaba convencerme de que debía esforzarme más. Ya me encargaba yo de hacerlo.

Confundía mi compromiso con mi capacidad de sacrificio, mi responsabilidad con la obligación de llegar siempre y mi valía profesional con la cantidad de dificultades que era capaz de superar sin pedir ayuda.

Había convertido cada obstáculo en una prueba que tenía que superar, como si reconocer que algo no era razonable significara admitir que yo no era suficientemente buena.

Y mientras tanto, me rompía.

No fui la única. Otros compañeros con responsabilidades similares acabaron siguiendo caminos parecidos. No hubo pausas para recuperarse ni descansos para recomponer lo que se había ido desgastando. Hubo renuncias y despidos. Personas que dejamos de estar allí, de un día para otro. Sin más.

Lo inquietante es que, si alguien hubiera mirado únicamente los resultados de nuestros proyectos, probablemente habría encontrado muchos motivos para felicitarnos. Y eso me hace pensar en lo fácil que resulta confundir la exigencia con la excelencia, especialmente cuando los números acompañan. Porque exigir más puede dar resultados. A veces, resultados extraordinarios. Pero que algo funcione no significa necesariamente que estemos avanzando hacia la excelencia.

Con los años he entendido que mi error no era querer hacer las cosas lo mejor posible. Eso sigue importándome tanto como entonces. Mi error era que solo me exigía para ver cuánto más podía dar.

Y si esa es la manera en la que nos tratamos a nosotros mismos, me pregunto qué ocurre cuando tenemos la responsabilidad de acompañar a otras personas.

Si consideramos que descansar es aflojar, que pedir ayuda es no estar a la altura o que poner un límite es una falta de compromiso, ¿qué estaremos esperando de nuestros equipos? ¿Cómo vamos a reconocer que alguien necesita apoyo si ni siquiera somos capaces de reconocerlo en nosotros?

Durante mucho tiempo pensé que aquel último resultado había sido mi manera de decirle a mi jefa: Ves? No puedes conmigo.

Lo curioso es que, con los años, he entendido que sí pudo. Ella consiguió los resultados que quería… y yo acabé rota.

Desde entonces me hago siempre una pregunta que marca líneas rojas:

¿De qué sirve exigir hasta conseguir resultados extraordinarios si, por el camino, te alejas de la excelencia?