El árbol que no daba frutos
Hace unas semanas perdimos un árbol en la plaza que hay cerca de mi casa. No era un árbol cualquiera. Era centenario, enorme, con una copa tan frondosa que parecía haberse propuesto cubrir todo el espacio que pudiera.
Había sobrevivido a generaciones de vecinos, a veranos sofocantes, a inviernos difíciles y a todas esas transformaciones que van cambiando la fisonomía de un barrio sin que apenas nos demos cuenta.
Pero las últimas tormentas pudieron con él. Se rompió y, por seguridad, tuvieron que talarlo.
Durante los días siguientes ocurrió algo que, visto desde fuera, podría parecer un poco extraño: las familias del barrio se acercaban a despedirse.
Algunas llevaban a sus hijos; los más mayores se quedaban un rato mirando lo que quedaba de aquel gigante que siempre había estado allí. Había quien compartía recuerdos, quien explicaba alguna anécdota y quien simplemente guardaba silencio.
Y sí, hubo lágrimas. No voy a negarlo.
Lo curioso es que aquel árbol no daba frutos. Ninguno que pudiéramos recoger y llevarnos a casa. Si alguien hubiera querido calcular su valor por lo que producía, probablemente habría tenido bastantes dificultades para justificar el espacio que ocupaba.
Sin embargo, bastaba con pasar una tarde por aquella plaza para descubrir que llevaba décadas haciendo muchas otras cosas.
En su copa, espectacularmente frondosa, vivían aves que nos acompañaban con sus cantos. Sus ramas fuertes habían sido territorio de aventuras para generaciones de pequeños escaladores. Sus raíces, grandes y robustas, sobresalían de la tierra y se habían convertido en improvisados bancos donde los mayores se sentaban a conversar o simplemente a ver pasar la vida.
Y en verano, cuando el calor apretaba, era habitual encontrar niños comiendo helados bajo su sombra, con esa tranquilidad de quien todavía no sabe que algún día echará de menos escenas tan corrientes como esa.
No daba frutos, pero daba sombra, refugio, juego, descanso, encuentros, recuerdos… era testigo y testimonio a la vez. Era pasado, presente y futuro.
Desde que desapareció, cada vez que paso por la plaza me sorprende el vacío que ha dejado. No solo porque ahora hay un espacio donde antes había un árbol enorme, sino porque faltan todas esas pequeñas cosas que sucedían a su alrededor y que, mientras estaban ahí, parecían tan normales que apenas reparábamos en ellas.
Me pregunto cuántas veces hacemos algo parecido con las personas.
Nos resulta relativamente sencillo reconocer a quien consigue más ventas, entrega más proyectos, alcanza antes los objetivos o presenta los resultados más vistosos. Son frutos que podemos contar, comparar y celebrar. Y está bien que lo hagamos, porque los resultados importan.
Pero ¿qué ocurre con quienes hacen posible que otros crezcan? Con esa persona que sostiene a quienes están subiendo; con la que ofrece cobijo cuando alguien necesita refugio; la que te invita a sentarte y te tomarte un descanso.
Es difícil que su contribución aparezca en los informes. Incluso puede que parte de su trabajo consista precisamente en evitar problemas que, como nunca llegan a producirse, nadie sabrá que existieron.
Y, sin embargo, cuando esas personas se van, su ausencia se nota de una manera que ningún indicador había conseguido anticipar.
No creo que debamos dejar de valorar los frutos. Sería absurdo. Pero de vez en cuando podríamos preguntarnos qué estamos dejando fuera cuando decidimos cuánto vale alguien mirando únicamente lo que podemos contar.
Porque hay personas que, sin hacer demasiado ruido, sostienen mucho de lo que ocurre a su alrededor.
Y pienso en aquel árbol, en las familias que fueron a despedirse, en las lágrimas que provocó su pérdida.
No dio una sola fruta que pudiéramos llevarnos a casa... ni tan si quiera una flor. Pero cuando desapareció, todo el barrio supo cuánto nos había dado.