¿Por qué un bonsái viajó con nosotros este verano?
¿Recuerdas que hace unos meses compartí contigo en el artículo “El bonsái que no quería ser pequeño” la fascinación de mi hijo pequeño por las plantas y, que desde entonces, estamos cuidando un bonsái?
Este verano, por circunstancias personales pasamos una buena temporada en casa de los abuelos. Entre todas las mochilas, pelotas y juegos de mesa, viajó con nosotros el bonsái. No se podía quedar solo en casa porque requiere de cuidados muy específicos y constantes.
El bonsái pasó a ser el centro de todas las atenciones. La abuela buscó el mejor rincón para que le diera luz natural pero no directa. El abuelo con paciencia y sumo cuidado le limpiaba las pequeñas hojas para liberarlas de polvo. Y el resto de la familia estábamos siempre atentos a que con estos calores, no le faltara nunca agua.
Ahí estaba nuestro bonsái.
Y mientras tanto, en casa, habíamos dejado olvidado un limonero. Si lo recuerdas, en el mismo artículo, te mencioné de soslayo que habíamos conseguido hacer germinar un limonero. En su momento resultó una gran alegría ver asomar los primeros brotes, pero con el tiempo, nos limitamos a sumergirlo en agua de vez en cuando.
Para nuestra sorpresa, al volver a casa después de dos meses, encontramos que el limonero no solo había sobrevivido al calor, sino que la poca agua que le habíamos dejado había sido suficiente para ayudarlo a crecer, sano y fuerte.
Esta sencilla anécdota que podría haber pasado desapercibida, me hizo pensar en lo fácil que es confundir cuidado con control. Porque ambos pueden parecerse mucho desde fuera: Estamos pendientes, preguntamos, intervenimos, anticipamos. Queremos que todo vaya bien. Y que aunque las intenciones sean las mejores, las consecuencias y resultados no lo son tanto.
Porque con el exceso de mirada, de intervención e incluso de presencia, podemos terminar haciendo justo lo contrario de lo que pretendíamos: reducir el espacio que el otro necesita para crecer, utilizando como puente una palabra muy difícil de cuestionar: cuidar.
Y eso me lleva a preguntarme: ¿Cuántas veces hago lo mismo con las personas? ¿Cuánto de ese cuidado necesita realmente el otro y cuánto necesito yo para sentirme segura?
Después de medio año de haber iniciado el mini-jardín-urbano con mi hijo, tengo un bonsái siendo lo que se espera de él (pequeño y estéticamente correcto), y un limonero potente, fuerte y lleno de energía, abriéndose a la vida.